La Crónica del Puerto es la página del Cronista Oficial del Municipio Juan Antonio Sotillo, del Estado Anzoátegui. Aquí pretendemos mostrar, a través de la escritura, diferentes tópicos de nuestro municipio, desde la perspectiva de su historia, su cotidianidad, los personajes que convocan y construyen su alma para beneficio de quienes somos sus hijos nacidos aquí y los que aunque no nacieron la quieren como si los hubiera parido.
sábado, 10 de junio de 2017
viernes, 9 de junio de 2017
ENIGMA EN EL CIELO PUERTOCRUZANO
Aquella mañana mostraba una humedad
inusitada, y la niebla esparcida sobre la bahía del Puerto de los Pozuelos
parecía como el aliento que el mar expelía.
Este acontecimiento ocurrido un día de febrero de 1925 nos revela
las cualidades de los habitantes de aquella aldea llamada Puerto de la
Cruz que nunca imaginaron la ciudad
que tenemos hoy.
martes, 5 de enero de 2016
Puerto La Cruz, a pesar de la espada clavada en su pecho
Era
el año de 1875, siendo presidente de Venezuela el general Antonio Guzmán
Blanco, cuando se presentó ante la nación el primer Censo Nacional. En él
aparece un pequeño caserío denominado Puerto de la Cruz, estructurado como
parroquia civil, con 428 habitantes –muy mestizados, al decir de la
nota marginal del documento—y las actividades económicas más importantes
eran la pesca artesanal, con una empresa de chinchorros en la playa, y el corte
de maderas. Al parecer era la primera vez que Puerto La Cruz aparecía
mencionado por un documento oficial.
Antes de ese
acontecimiento la antigua provincia de Barcelona había sido elevada, en la
constitución de 1864, a la categoría de Estado Federal bajo la denominación de
Barcelona y convertirse en una de las veinte entidades autónomas que
constituyeron los Estados Unidos de Venezuela.
Llega el año de 1881 y
el 24 de agosto Barcelona fue proclamada capital del Estado Bermúdez, creado
por la asamblea constituyente reunida en Urica, bajo la presidencia del general
Nicolás Rolando, nativo de esta ciudad capital, constituido por la sumatoria de
los territorios de lo que hoy son Anzoátegui, Monagas y Sucre y su
división político territorial se estableció por Cantones y Parroquias. Era el
caso que el Cantón Barcelona (Gregoriano) estaba constituido por las parroquias
San Cristóbal, El Carmen, Pozuelos, Puerto de la Cruz, San Diego, Araguita,
Bergantín, Curataquiche, San Bernardino, Caigua y El Pilar.
Para esta fecha, según
el segundo censo realizado, Puerto de la Cruz contaba con 598 habitantes y se
estimó que el notable crecimiento fue estimulado por el cultivo del Coco, que
para mediados de 1870 comienza su industrialización en la región.
El 4 de febrero de 1895,
el general Nicolás Rolando en su condición de Presidente del citado estado
Bermúdez, decreta la creación del municipio Puerto La Cruz mediante un Acta de
Anexión a la capital del Estado, como un homenaje a la memoria del héroe de
Ayacucho. El Acta está firmada por el presidente de Estado, General Nicolás
Rolando, Julián Temístocles Maza, Secretario General de Gobierno, el Presidente
del Concejo Municipal del Distrito Bolívar Sr. Abrahan Valencia, y un grueso
número de ciudadanos de Barcelona y Puerto de la Cruz, dándole legitimidad al
acto administrativo realizado. El acta fue certificada por el registrador
principal, sr. T.C. Ugueto.
Desde aquella
trascendente decisión de Nicolás Rolando transcurren 49 años hasta
el 6 de enero de 1944, cuando se crea por ley, de la Asamblea Legislativa
del Estado Anzoátegui, el Distrito Juan Antonio Sotillo como homenaje al héroe
epónimo de la guerra federal. En esa época tenía plena vigencia la Ley Político
Territorial de febrero de 1941, que dividía el territorio del Estado en
distritos y estos a su vez en municipios. Se nombra a Puerto La Cruz como
capital del recién creado Distrito, conformado por la segregación del Distrito
Bolívar los municipios Guanta, San Diego, Pozuelos y Puerto La Cruz, que se
convirtió en reconocimiento a una entidad territorial que se encaminaba a un
crecimiento poblacional superior a los 14 mil habitantes, y entraba en la senda
del crecimiento económico, por la presencia de la actividad petrolera
consistente en el embarque de crudos en el antiguo Puerto de las Mulas, hoy
Puerto de Guaraguao, que comenzó actividades el 4 de diciembre de 1939, a
través de un oleoducto construido por la industria, desde el pozo Oficina N° 1,
en el Tigre.
Para el próximo 6 de
enero de 2016 el ahora Municipio Juan Antonio Sotillo cumplirá 72 años desde
aquel 1944 en que se le dio carácter de mayor de edad a la pujante ciudad, con
una espada clavada en su pecho, como lo es la refinería que pertenece a la
República Bolivariana de Venezuela, en una extensión de tierras que le quita
por lo menos un tercio de su territorio, que es la causante principal de la
contaminación de nuestra hermosa y deteriorada bahía, cuyo terminal de embarque
ahuyenta los grandes cardúmenes de jurel y cabaña, por la arrogante presencia
de supertanqueros, que además arrojan cantidades apreciables de basura y
tóxicos. ¿Y qué decir de la tan pregonada actividad turística? Y me perdonan la
digresión. Unas tierras que otrora fuero albergue de un próspero fundo llamado
El Pensil, con sembradíos de frutas, verduras y flores, y que la absoluta falta
de visión de nación de un hermano del general Rolando, pasaron a manos de los
gringos hasta devenir a manos de la Nación, por la nacionalización de la
industria, salvadora y diabólica, a la vez.
Pero también se cumplen
121 años –tomando la misma fecha referencial—desde aquel 5 de febrero, siempre
febrero, cuando Rolando alzó su voz para reconocer en nuestra amada ciudad su
visión de futuro , donde él mismo construiría una modesta vivienda frente al
mar apacible y generoso de la bahía. Muy cerca de otra vivienda perteneciente a
José Gregorio Monagas y sus chinchorros de pesquería.
Son motivos suficientes
para que los puertocruzanos nos demos a la tarea de celebrar la adultez de
nuestro querido pedacito de cielo, bastante mal querido por personeros
que desde las instancias del poder público y privado en vez de darle cariño lo
que hacen es manosearla, como diría nuestro cantor mayor. Pero celebrar
sin el protocolo banal e insincero, sin el discurso patriótico que exalta a
nuestros primigenios habitantes, pero va con familiares y amigos, visitantes y
vecinos, a sentarse en las piernas del pirata conquistador y bajo la cruz
apaciguadora, para tomarse unas fotografías y bajarla en las llamadas redes
sociales.
Ciento veintiún
años que no son nada, pero como hay tiempo para todo, y por las noticias
que corren, motivos suficientes tenemos para exaltar el ejemplo ético del héroe
epónimo, Juan Antonio Sotillo, glorioso y olvidado, que nunca obtuvo ventaja
material por sus hazañas y cercanía del poder político y militar, y más bien
concedió a la educación pública el dinero otorgado por el congreso nacional de
aquella época que al rechazarlo expresó: Que
otros aprendan con él, que yo con lo que sé, tengo bastante para vivir con
todos en este mundo y alcanzar, ¡feliz!, el otro.
martes, 1 de septiembre de 2015
HOTEL POLO NORTE
Se puede considerar como
el primer hotel de lujo en Puerto La Cruz y concebido bajo una óptica
turística. En realidad surge al calor del movimiento económico generado por el
nacimiento del negocio petrolero en la ciudad.
En aquellos años, desde
1934, comienza la gran afluencia de empresarios y técnicos petroleros
norteamericanos, así como altos funcionarios del gobierno de Juan Vicente
Gómez. Era en este lugar donde se hospedaron los primeros especialistas que
dirigieron la construcción de la refinería.
Construido durante la
segunda década de los años cuarenta, del siglo pasado, tenía doce habitaciones
de lujo, una barra de granito pulido en el bar, que se ubicaba al final dando
con el mar, que permitía la visual hacia el norte, con La Borracha y Las
Chimanas, el rumor de las olas, y su construcción total en madera, resaltaban
las figuras barrocas y arabescos que mostraban el buen gusto de sus
propietarios. El plato más solicitado por los comensales habituales de aquel
hermoso lugar era una pasta de raviolis en salsa pesto a la genovesa.
Este inmueble, ubicado
dentro de la playa del Paseo de la Cruz y el Mar, frente a la esquina con la
calle Freites, fue desalojado durante la segunda mitad de los años cincuenta
por las autoridades de la época. Algunos testimonian que las razones que
justificaron su salida, por parte de las autoridades, se centraron en el
argumento de que “afeaba la visual del lugar”.
También se dijo, en
alguna oportunidad, que las condiciones sanitarias no eran adecuadas para el
disfrute de las personas que se bañaban en la playa, pues se descargaba en las
aguas las defecaciones y los orines. El Concejo Municipal del Distrito Sotillo
dispuso en el año 1960, la demolición del edificio del hotel debido al estado
de ruina inminente que presentaba la construcción.
Y para cumplir con esa
disposición, la Cámara Municipal designó al ciudadano Cruz Figuera, quien tuvo
que utilizar los servicios de un abogado para que la institución le cancelara
la suma acordada, pues pasaron casi dos años desde que le fue otorgado el contrato
en referencia.
miércoles, 5 de agosto de 2015
Puerto La Cruz en Cara y Sello
Con la llegada de las
empresas petroleras a Puerto La Cruz se atraviesan nuevas historias que
traen aparejados nuevos paradigmas en el comportamiento de la población. Una
refinería enclavada en el corazón de la ciudad, empujando cambios que se
suceden con la llegada de actividades mercantiles relativas al
consumo de alimentos y bebidas, artículos del hogar para la limpieza,
detergentes para lavar, cosméticos, papel sanitario y utensilios de uso
corriente, como consecuencia de la atracción que significaba una actividad
altamente rentable, generadora de una considerable cantidad de empleos
relativamente bien remunerados. Es decir: comienza a abrirse paso el consumismo.
Sumado a ello se
presenta el hecho de que algunos de los dueños de las petroleras también
lo eran de empresas comercializadoras de bienes de múltiples usos. Tal es el
caso del ciudadano norteamericano Nelson Rockefeller, que además de ser
propietario y/o accionista copropietario de varias de las factorías, también lo
era de las empresas CADA y SEARS ROBUCK. Empresas que durante el decenio de los
cincuenta, del siglo pasado, aparecen en la escena puertocruzana.
Y así como entran por
vía de la alimentación, o por la necesidad de atender soluciones a diversas
situaciones de la vida diaria, como el vestido, comienzan a surgir nuevas
palabras, nuevas maneras de decir, nuevos nombres, que a su vez transforman la
visión del mundo que concebimos: Ovomaltina, Sopas Maggie, Interiores Jockie,
Hojillas Gillete, Colonia Mennen, Jabón de Reuter, Toddy, Crema dental
pepsodent y Colgate, Brillantina Palmolive, detergente Fab, Lucky Stryke,
Philips Morris, Camel, cafenol, conmel, flit, avena quaker, leche klim,
Billcream, Pañales Curyti, Jean Marie Farina, Alka Seltzer, Harina Gold Medal,
Mantequilla Brum, Marlboro, Zapatos US Keds, Selecciones del Readers Digest,
Chocolates Savoy, Caramelos La Suiza, Fruna, Kool Aid, Patines Winchester,
Condones Sultán, Chevrolet, Ford, Good Year, Firestone…
Pero antes que la
llegada del petróleo, el contrabando siempre fue una actividad que se
practicaba desde nuestras etnias originarias hasta el más insignificante
mestizo de nuestras costas. Los margariteños siempre se destacaron en estos
quehaceres. Y por supuesto que esta actividad creció como crecía el consumo
derivado de aquellos nuevos paradigmas. Tanto que nuestro hablar también fue
sufriendo mutaciones. Ejemplos sobran de cómo decíamos en el diario hablar:
pantalón de caqui y un tiempo después pantalón Ruxton, pantalón de guayacán y
ahora bluyin, la colcha y ahora la sábana, la cama por el catre,
camisón antes y ahora vestido, la cota antes y ahora la blusa, boliche y ahora
perinola, chiquichiqui y ahora picazón, remo por canalete, botas por
guachicones.
Muy común usar zapatos
comprados en la calle Buenos Aires a los Carupaneros o Maqueros. Y un buen día
apareció zapatería Spada, y otras más… y otra, y nuestros zapateros
desaparecieron.
Pasaron pocos años y los
puertocruzanos comenzamos a ver nuevos negocios, nuevos servicios, que atraían
a la población de acuerdo con la circunstancia que se le presentara: quién no
alzaba el cuello orgulloso cuando visitaba, acompañado de una muchacha, la
Heladería Alaska en la calle Libertad, a comerse una barquilla; o ir a hasta la
plaza de Chuparín y deleitarse un Melody´s –donde frecuentaba Sorfany Alfonso—,
o caminar hasta El Cubanito y brindar un sanguche submarino. O caminar
muy orondo, una noche de domingo, el paseo Colón desde la plaza hasta la
intersección con la calle Anzoátegui –que era donde terminaba—y regresarse para
después volver, pelearse con los turcos, o los italianos y españoles, por los
bancos para sentarse, comerse unas cotufas, o llamar al vendedor de maní
tostado; brindar una cotufa elaborada por un italiano… lanzar aquellas críticas
a los baisanos porque dejaban montones de desperdicios de
semillas de ahuyama y cáscaras de pistacho. Aún son frescas las imágenes de
cómo nuestra población se esmeraba en mostrar sus mejoras ropas para ir caminar
por el lugar más agradable y emblemático de la ciudad.
Y la vida fue cambiando,
claramente, altas velocidades, y las marcas continuaron expandiendo su
cerco: Caramelos La Suiza, PepsiCola, Kolita Dumbo, Grapette, Chicha A-1,
Cuaderno Caribe, Fortuna, Viceroy, Lido, Pino Silvestre, Fisher Price,
Chocolates Savoy, Lápiz Mongol, Creyones Prismacolor, Guante de Beisbol Wilson,
Guante de Beisbol Spalding, Goma de Borrar Eagle, Las Reglas de Madera,
Escuadras de Plástico, Libro Silabario, Libro Coquito, Vino Sansón, Vino Sangre
de Toro, Zapatos Walkover. Y por fortuna, por legitimidad, aparecían nuestros
emblemas locales como: Joyería La Confianza, Pan Sango (creado por nuestros
chinos) Quincallería Japonesa: Sakae Watay, Mueblería la Florida (nuestros
árabes), Fornos, La Coromoto, La Guaricha, Materiales Díaz, La Marquesina,
Pilón Meneses, Pilón de los Romero, Mercado Compensador…etc.
En aquellos tiempos
cuando una familia seleccionaba un padrino y madrina de bautizo, para el
último niño nacido en aquel hogar, se acostumbraba enviar invitaciones
para la celebración, con tarjetas en papel cebolla, un texto bien sobrio y una
mariquita incrustada en su cuerpo.
Nos queda reflexionar
alrededor de estos cambios, su sentido, cuánto hemos perdido o ganado, si es
que podemos valorarlos de esa manera. Deberíamos recoger la expresión de José
Roberto Duque cuando expreso lo siguiente: Nos separaron del país que
estábamos a punto de ser, y empujarnos a la imitación forzosa de un país
industrial, urbano y cosmopolita que nunca seremos.
domingo, 12 de julio de 2015
LA CEIBA DE LA CALLE BOYACÁ
La calle Boyacá nació
desde la Playa Vieja –llamado desde 2011 Paseo de La Cruz y el Mar y
anteriormente Paseo Colón— hacia la calle La Lajita que así se llamó
la actual calle Bolívar. Junto con La Marina y San Miguel conforma
el trío de Calles más cortas en el casco de la ciudad, siendo la última de las
nombradas la que encabeza la menor distancia.
Pero
la calle Boyacá tiene la particularidad de tener a su costado izquierdo una
inmensa y frondosa Ceiba que sombrea buena parte de su extensión y sus ramas se
extienden atravesándola a lo ancho tocando sutilmente las paredes del edificio
Turimiquire. Ese grandioso árbol ha sido testigo de los cambios
suscitados en un lugar tan emblemático como lo es todo lo que esté frente a la
hermosa bahía de Pozuelos.
Cabe
recordar que nuestros ancestros indígenas prehispánicos tenían a la Ceiba como
un árbol sagrado. Según este concepto la Ceiba, o Yaaxché en lengua de los
Maya, los tres planos con que se estructura el universo se comunican a través
de la Ceiba sagrada. Y siguiendo con las creencias de los Maya, son las ramas
de este árbol las que permiten la apertura hacia los cielos. Razones que tenían
esta genial etnia americana para sembrarlos siempre en las plazas de sus
ciudades.
Esa Ceiba, de la cual
todos los puertocruzanos debemos enorgullecernos, creció allí porque fue
sembrada por una mujer nativa cuando aún los arenales de la playa
se acumulaban al lado sur y a todo su largo. Apenas detenidos por los pocos
mangles que quedaban, sin embargo se formaban aquellos aluviones en los meses
de la cuaresma hasta que fuesen removidos por los celadores que siempre
nombraba el presidente del estado para esa zona en especial. Y esa mujer
que un buen día del mes de abril de 1924 sacó desde su casa, en las cercanías
de la que hoy es la Iglesia de la Santa Cruz, aquel pequeño árbol de
Ceiba sembrada en una lata y la llevó hasta el mismo lugar donde
está hoy erigida con la fortaleza y majestuosidad que muestra a propios y
extraños.
La dama en cuestión, que
tomó la iniciativa de sembrarla, tal vez nunca llegó a pensar en el significado
estético e histórico que pudiera llegar a tener su gesto. Doña Emilia Hernández
de Gil, que así se llama nuestro personaje, trasplantó aquel solitario
arbolito que encontró un buen día en los alrededores del cerro El Vigía y
trasplantó para una perola de latón. Hasta que la llevó al mencionado sitio.
Nacida un 28 de mayo de
1912, doña Emilia se muestra orgullosa, a sus recién cumplidos 100 años de
edad, de tener un hijo como ese árbol de Ceiba que se muestra como un
monarca bienhechor, sin más riqueza que la admiración de la ciudad y sin más
autoridad que el acto ético cumplido por una mujer que debe gozar del respeto y
la admiración de todos los habitantes de nuestro querido terruño.
Mientras que a sus
noventa y un años (91) cumplidos, la Ceiba de la calle Boyacá –nombre que me
permito darle por su condición de héroe sobreviviente de una guerra depredadora
declarada— se erige por encima de falsos urbanizadores, especuladores de
bienes raíces y mercachifles del negocio, que acompañan al hombre. Su noble
aterramiento sigue allí en un terreno de propiedad municipal, que desde que
dejo de ser un lavadero de vehículos ha pasado a estacionamiento que favorece a
un negocio aledaño.
Desde nuestra humilde
condición de Cronista Oficial del municipio Juan Antonio Sotillo, nos permitimos
pedir a toda la ciudadanía consciente de Puerto La Cruz para que el área en la
cual se encuentra este monumento natural, aproximadamente unos 1000 mts
cuadrados, sea transformada en Plaza Municipal “Emilia Hernández de
Gil” como homenaje a un personaje que espontáneamente cumplió con un
acto de dimensión histórica como el de haber sembrado un símbolo de nuestro
herbolario y haber permanecido durante ochenta y ocho años, pese a las
vicisitudes y adversidades muy propias de esta mal llamada modernidad. Nuestra
personaje centenario a la edad que tiene, sumaría a su recta conducta y
fructífera vida que ha llevado durante tantos años, el gesto de un pueblo que
desde hace mucho no rinde tributo a sus mejores ciudadanos.
Pero
la calle Boyacá tiene la particularidad de tener a su costado izquierdo una
inmensa y frondosa Ceiba que sombrea buena parte de su extensión y sus ramas se
extienden atravesándola a lo ancho tocando sutilmente las paredes del edificio
Turimiquire. Ese grandioso árbol ha sido testigo de los cambios
suscitados en un lugar tan emblemático como lo es todo lo que esté frente a la
hermosa bahía de Pozuelos.
Cabe
recordar que nuestros ancestros indígenas prehispánicos tenían a la Ceiba como
un árbol sagrado. Según este concepto la Ceiba, o Yaaxché en lengua de los
Maya, los tres planos con que se estructura el universo se comunican a través
de la Ceiba sagrada. Y siguiendo con las creencias de los Maya, son las ramas
de este árbol las que permiten la apertura hacia los cielos. Razones que tenían
esta genial etnia americana para sembrarlos siempre en las plazas de sus
ciudades.
Esa Ceiba, de la cual
todos los puertocruzanos debemos enorgullecernos, creció allí porque fue
sembrada por una mujer nativa cuando aún los arenales de la playa
se acumulaban al lado sur y a todo su largo. Apenas detenidos por los pocos
mangles que quedaban, sin embargo se formaban aquellos aluviones en los meses
de la cuaresma hasta que fuesen removidos por los celadores que siempre
nombraba el presidente del estado para esa zona en especial. Y esa mujer
que un buen día del mes de abril de 1924 sacó desde su casa, en las cercanías
de la que hoy es la Iglesia de la Santa Cruz, aquel pequeño árbol de
Ceiba sembrada en una lata y la llevó hasta el mismo lugar donde
está hoy erigida con la fortaleza y majestuosidad que muestra a propios y
extraños.
La dama en cuestión, que
tomó la iniciativa de sembrarla, tal vez nunca llegó a pensar en el significado
estético e histórico que pudiera llegar a tener su gesto. Doña Emilia Hernández
de Gil, que así se llama nuestro personaje, trasplantó aquel solitario
arbolito que encontró un buen día en los alrededores del cerro El Vigía y
trasplantó para una perola de latón. Hasta que la llevó al mencionado sitio.
Nacida un 28 de mayo de
1912, doña Emilia se muestra orgullosa, a sus recién cumplidos 100 años de
edad, de tener un hijo como ese árbol de Ceiba que se muestra como un
monarca bienhechor, sin más riqueza que la admiración de la ciudad y sin más autoridad
que el acto ético cumplido por una mujer que debe gozar del respeto y la
admiración de todos los habitantes de nuestro querido terruño.
Mientras que a sus
noventa y un años (91) cumplidos, la Ceiba de la calle Boyacá –nombre que me
permito darle por su condición de héroe sobreviviente de una guerra depredadora
declarada— se erige por encima de falsos urbanizadores, especuladores de
bienes raíces y mercachifles del negocio, que acompañan al hombre. Su noble
aterramiento sigue allí en un terreno de propiedad municipal, que desde que
dejo de ser un lavadero de vehículos ha pasado a estacionamiento que favorece a
un negocio aledaño.
Desde nuestra condición
de Cronista Oficial del municipio Juan Antonio Sotillo, nos permitimos pedir a
toda la ciudadanía consciente de Puerto La Cruz para que el área en la cual se
encuentra este monumento natural, aproximadamente unos 1000 mts cuadrados, sea
transformada en Plaza Municipal “Emilia Hernández de Gil” como
homenaje a un personaje que espontáneamente cumplió con un acto de dimensión
histórica como el de haber sembrado un símbolo de nuestro herbolario y haber
permanecido durante ochenta y ocho años, pese a las vicisitudes y adversidades
muy propias de esta mal llamada modernidad. Nuestra personaje centenario a la edad
que tiene, sumaría a su recta conducta y fructífera vida que ha llevado durante
tantos años, el gesto de un pueblo que desde hace mucho no rinde tributo a sus
mejores ciudadanos.
LA TORTURA Y EL HUMOR
LA TORTURA Y EL HUMOR
Aquella noche de marzo
de 1961 se mostraba tan tranquila y desolada, que ninguno de aquellos tres
militantes de la juventud comunista recordó la necesidad de fortalecer la
seguridad, tan necesaria en estos casos. Salieron a cumplir una tarea muy
convencional en aquella época, como era la colocación de volantes en lugares
estratégicos que luego se esparcirían por la acción de otro militante, que
actuaría al amanecer. Recorrieron varias calles de Puerto La Cruz desde las
7:oo pm hasta aproximadamente la 1:oo de la madrugada. Debían cuidarse del
asedio de la policía política, la Digepol, del gobierno adeco. Cuando sentían
el ruido de un vehículo tenían que esconder el paquete contentivo de volantes.
Una vez que concluyeron la tarea respiraron profundo y sin tensiones
emprendieron su caminata desde la calle El Guamache en retorna al barrio Los
Yaques. Pero algo inesperado los esperaba en la esquina de la calle Anzoátegui
con la Bolívar. Ellos, que bajaban por la primera se percatan que en aquella
esquina hay un vehículo en el mero centro de la intersección, varios individuos
lo rodean. Antonio Pérez, Luis Eduardo Notaro y José Itamar Rondón Freites,
este último conocido por sus allegados como el Conejo, detienen
gradualmente el paso, y al unísono se voltean para pegar la carrera hacia
atrás. Sin embargo, se dan cuenta que otro vehículo, y varios hombres en su
interior, bajan aceleradamente desde la avenida 5 de julio. En lo adelante no
opusieron resistencia y fueron llevados hasta la sede del cuerpo policial en Barcelona.
Nunca les dijeron porque
los detenían; la acusación más reiterativa fue “¡ustedes son
comunistas!”, “¿dónde está el chico?”, “¿dónde esconden las armas?”… etc.
Fueron llevados con los ojos vendados hasta un cuarto húmedo y pestilente,
amarradas sus manos y atados a un travesaño de madera con un poco más de dos
metros de altura. Los pies apoyados sobre un rin de vehículo. Allí los
mantuvieron por muchas horas, hasta que vinieron dos hombres a interrogarlos.
Perdieron la noción del tiempo. Los golpearon sin lograr que alguno de ellos
dijeran algo que les sirviera a la Digepol.
Pasaba el tiempo sin que
tuvieran noción de cuánto había transcurrido, y Nottaro, exhausto, al igual que
sus otros camaradas, pregunta a Antonio: ¿Qué hora será Antonio? A
lo que el Conejo, adelantándose, le responde: ¿Qué..? ¿Vas pa´l
cine?
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