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sábado, 10 de junio de 2017

HABLA LA CALLE

ESPANTAR LO BUENO DE LOS NIÑOS

Caminando por la calle La Línea de Bella Vista, voy rumbo al Mercado Municipal.  Súbitamente un  automóvil se detiene, a mi lado izquierdo, mientras la mujer que ocupaba el asiento al lado del chofer abre la puerta, con fuerza y mal encarada, en el asiento de atras va una  niña, tal vez de 8 años,  observa con ojitos engrandecidos, enmudecida, los movimientos de su madre.
— ¡Coño… tú lo que traes es pura basura en este bulto!—  dice la madre.
Abre el cierre del bulto plástico, color  rosado, adornados sus lados con estampas de personajes de las comics de la televisión. Lo sacude sobre la zona verde entre la cuneta y la acera. Eran restos de comida, servilletas y envoltorios de golosinas o caramelos.
— Por qué no lo echaste en la papelera de tu salón— agregó
La niña, observando la cara enrojecida de su madre y su ceño fruncido, responde:
— ¡Mami!.. ¿por qué no lo echamos en el pote de basura de la casa?      
— ¡Pero bueno hijita!.. ¿Más basura para la casa?.. ¡Eso es lo que te vas a llevar para la casa—replicó la mujer.
La niña le dio a la madre el envase con agua, que aún  le quedaba una buena porción, suficiente para lavar el bulto.

Retomaron la marcha y la voz altisonante de la madre se escuchó hasta un rato después.   

viernes, 9 de junio de 2017

ENIGMA EN EL CIELO PUERTOCRUZANO

Aquella mañana mostraba una humedad inusitada, y la niebla esparcida sobre la bahía del Puerto de los Pozuelos parecía como el aliento que el mar expelía.
Comenzaba el mes de febrero y los pobladores ya conocían de las mañanas frías que estaban por despedirse; que hacían pesadas las cobijas hasta que el sol se mostraba con fuerza, pasadas las siete de la mañana.
Los hechos fueron transcurriendo en medio de la acostumbrada rutina, hasta que pasadas las diez la plácida mañana fue perturbada por un estruendoso ruido venido desde el cielo y todos al escucharlo  salieron de sus casas, se ubicaron en sus porches y miraban hacia arriba buscando el fenómeno que lo producía. Dejaron sus quehaceres, dejaron la comida, dejaron de vestirse, comenzaron a rezar a grandes voces y pedían perdón a Dios por sus culpas.
El ruido no cesaba y mientras corrían sin saber a dónde, muchos pensaron que seres extraños surcaban el cielo puertocruzano. Nadie entendió qué objeto era aquel que desde el cielo  fuese capaz de generar tan ensordecedor bullicio. Algunos regresaron al interior de sus casas como escondiéndose del posible ataque extraterrestre.
– ¡Fin de mundo!- gritaban. Pablo y José Manuel, dos hermanos dueños de un tren de pesquería, que colocaban una buena cantidad de pescado en el tendal. Al escuchar aquello corrieron por toda la playa, desde Güichere hasta el frente del Hotel El Conformista; allí estaba pasmada y muda, con ojos lagrimosos, doña Isabel Jiménez, propietaria del negocio, y a un lado y atrás de ella se aglomeraron los clientes que atemperaban el recinto.
El indio Jacinto Guanire desde su puesto de vigía en el mirador del cerro Bella Vista salió disparado al ver la nave desplazarse y corrió hasta encontrarse con la multitud.
Carmelita Silva, comerciante de telas, vestidos, zapatos, vajillas y otros artículos, al escuchar la algarabía salió de su casa preguntando qué sucedía y sin darse cuenta, siguiendo la multitud, se encontró en la playa desde la calle La Estación, sin percatarse que olvidó ponerse las enaguas, de modo que al trasluz claramente se apreciaba el color de sus pantaletas.
Pasados unos pocos minutos, buena parte de los casi novecientos habitantes de la incipiente ciudad se aglomeraba en Playa Vieja muy cerca de la capilla;  algunos se colocaron en posición de retaguardia  que le facilitara un fácil retorno a sus casas en caso de que ocurriera algo, precisamente al frente de la que fue vivienda donde atemperó el poeta Tomás Ignacio Pottentini.
Muchos dieron por seguro que la totalidad de los pobladores del Puerto de la Santa Cruz dejaron solas sus casas para ver aquel extraño aparato que rompió con la tranquilidad de aquel poblado. Y en medio de rezos, llantos e interrogantes, otro grupo se concentró en Playa Vieja, al frente de la casa de los Monagas.
Aquella máquina voladora atravesó toda la bahía de Pozuelos en dirección desde el naciente al poniente, y al poco rato los más cercanos a la playa vieron cómo planeó sobre el azul marino, hasta quedar flotando al vaivén del oleaje: era la primera vez que en el Puerto de la Santa Cruz se apreciaba un Avión.
La sorpresa inundó la curiosidad de las personas y la noticia se regó de tal manera que una oleada de  residentes de Pozuelos se vinieron hasta la playa en bestias y otros corriendo, con tal de ver con sus propios ojos lo que se había convertido en un grandioso acontecimiento. Su  impacto se hizo mayor en el momento que desde la playa se observó cómo se abrió la pequeña compuerta y en segundos un hombre asomó su cuerpo y haciendo señales con sus manos gritaba palabras inentendibles.
Transcurrió un buen rato cuando un inmigrante italiano, Don Emilio Luiggi Ceccato, hombre conocedor de muchos instrumentos y maquinarias, habló a todos: —¡tengan calma señores!, es un avión que aterriza en el agua; se conoce como Hidroavión—  
Pronto se aprestaron varios botes para remar hasta la máquina, y conversar con su conductor. Pasado un rato los botes remolcaron  la máquina hasta la casa de Eriberto Aldrey, erigida a la orilla de la playa en donde atravesaba la calle Puerta Brava, hoy denominada calle Monagas,  exactamente en el lugar en que años posteriores funcionaría el Colegio de Monjas Madre Rosa María Molas y hoy se encuentra enclavado el Hotel Rassil.  

Este acontecimiento ocurrido un día de febrero de 1925 nos revela las cualidades de los habitantes de aquella aldea llamada Puerto de la Cruz que nunca imaginaron la ciudad que tenemos hoy.









martes, 5 de enero de 2016

Puerto La Cruz, a pesar de la espada clavada en su pecho

Era el año de 1875, siendo presidente de Venezuela el general Antonio Guzmán Blanco, cuando se presentó ante la nación el primer Censo Nacional. En él aparece  un pequeño caserío denominado Puerto de la Cruz, estructurado como parroquia civil, con 428 habitantes –muy mestizados, al decir de la nota marginal del documento—y las actividades  económicas más importantes eran la pesca artesanal, con una empresa de chinchorros en la playa, y el corte de maderas. Al parecer era la primera vez que Puerto La Cruz aparecía mencionado por un documento oficial.
Antes de ese acontecimiento la antigua provincia de Barcelona había sido elevada, en la constitución de 1864, a la categoría de Estado Federal bajo la denominación de Barcelona y convertirse en una de las veinte entidades autónomas que constituyeron los Estados Unidos de Venezuela.
Llega el año de 1881 y el 24 de agosto Barcelona fue proclamada capital del Estado Bermúdez, creado por la asamblea constituyente reunida en Urica, bajo la presidencia del general Nicolás Rolando, nativo de esta ciudad capital, constituido por la sumatoria de los territorios de  lo que hoy son Anzoátegui, Monagas y Sucre y su división político territorial se estableció por Cantones y Parroquias. Era el caso que el Cantón Barcelona (Gregoriano) estaba constituido por las parroquias San Cristóbal, El Carmen, Pozuelos, Puerto de la Cruz, San Diego, Araguita, Bergantín, Curataquiche, San Bernardino, Caigua y El Pilar.  
Para esta fecha, según el segundo censo realizado, Puerto de la Cruz contaba con 598 habitantes y se estimó que el notable crecimiento fue estimulado por el cultivo del Coco, que para mediados de 1870 comienza su industrialización en la región.
El 4 de febrero de 1895, el general Nicolás Rolando en su condición de Presidente del citado estado Bermúdez, decreta la creación del municipio Puerto La Cruz mediante un Acta de Anexión a la capital del Estado, como un homenaje a la memoria del héroe de Ayacucho. El Acta está firmada por el presidente de Estado, General Nicolás Rolando, Julián Temístocles Maza, Secretario General de Gobierno, el Presidente del Concejo Municipal del Distrito Bolívar Sr. Abrahan Valencia, y un grueso número de ciudadanos de Barcelona y Puerto de la Cruz, dándole legitimidad al acto administrativo realizado. El acta fue certificada por el registrador principal, sr. T.C. Ugueto.
Desde aquella trascendente  decisión de Nicolás Rolando transcurren  49 años hasta  el 6 de enero de 1944, cuando se crea por ley, de la Asamblea Legislativa del Estado Anzoátegui, el Distrito Juan Antonio Sotillo como homenaje al héroe epónimo de la guerra federal. En esa época tenía plena vigencia la Ley Político Territorial de febrero de 1941, que dividía el territorio del Estado en distritos y estos a su vez en municipios. Se nombra a Puerto La Cruz como capital del recién creado Distrito, conformado por la segregación del Distrito Bolívar los municipios Guanta, San Diego, Pozuelos y Puerto La Cruz, que se convirtió en reconocimiento a una entidad territorial que se encaminaba a un crecimiento poblacional superior a los 14 mil habitantes, y entraba en la senda del crecimiento económico, por la presencia de la actividad petrolera consistente en el embarque de crudos en el antiguo Puerto de las Mulas, hoy Puerto de Guaraguao, que comenzó actividades el 4 de diciembre de 1939, a través de un oleoducto construido por la industria, desde el pozo Oficina N° 1, en el Tigre.
Para el próximo 6 de enero de 2016 el ahora Municipio Juan Antonio Sotillo cumplirá 72 años desde aquel 1944 en que se le dio carácter de mayor de edad a la pujante ciudad, con una espada clavada en su pecho, como lo es la refinería que pertenece a la República Bolivariana de Venezuela, en una extensión de tierras que le quita por lo menos un tercio de su territorio, que es la causante principal de la contaminación de nuestra hermosa y deteriorada bahía, cuyo terminal de embarque ahuyenta los grandes cardúmenes de jurel y cabaña, por la arrogante presencia de supertanqueros, que además arrojan cantidades apreciables de basura y tóxicos. ¿Y qué decir de la tan pregonada actividad turística? Y me perdonan la digresión. Unas tierras que otrora fuero albergue de un próspero fundo llamado El Pensil, con sembradíos de frutas, verduras y flores, y que la absoluta falta de visión de nación de un hermano del general Rolando, pasaron a manos de los gringos hasta devenir a manos de la Nación, por la nacionalización de la industria, salvadora y diabólica, a la vez. 
Pero también se cumplen 121 años –tomando la misma fecha referencial—desde aquel 5 de febrero, siempre febrero, cuando Rolando alzó su voz para reconocer en nuestra amada ciudad su visión de futuro , donde él mismo construiría una modesta vivienda frente al mar apacible y generoso de la bahía. Muy cerca de otra vivienda perteneciente a José Gregorio Monagas y sus chinchorros de pesquería.
Son motivos suficientes para que los puertocruzanos nos demos a la tarea de celebrar la adultez de nuestro querido pedacito de cielo, bastante mal querido por personeros que desde las instancias del poder público y privado en vez de darle cariño lo que hacen es manosearla, como diría nuestro cantor mayor.  Pero celebrar sin el protocolo banal e insincero, sin el discurso patriótico que exalta a nuestros primigenios habitantes, pero va con familiares y amigos, visitantes y vecinos, a sentarse en las piernas del pirata conquistador y bajo la cruz apaciguadora, para tomarse unas fotografías y bajarla en las llamadas redes sociales.
Ciento veintiún  años que no son nada, pero como hay tiempo para todo, y por las noticias que corren, motivos suficientes tenemos para exaltar el ejemplo ético del héroe epónimo, Juan Antonio Sotillo, glorioso y olvidado, que nunca obtuvo ventaja material por sus hazañas y cercanía del poder político y militar, y más bien concedió a la educación pública el dinero otorgado por el congreso nacional de aquella época que al rechazarlo expresó: Que otros aprendan con él, que yo con lo que sé, tengo bastante para vivir con todos en este mundo y alcanzar, ¡feliz!, el otro.





martes, 1 de septiembre de 2015

HOTEL POLO NORTE

 
Se puede considerar como el primer hotel de lujo en Puerto La Cruz  y concebido bajo una óptica turística. En realidad surge al calor del movimiento económico generado por el nacimiento del negocio petrolero en la ciudad.
En aquellos años, desde 1934, comienza la gran afluencia de empresarios y técnicos petroleros norteamericanos, así como altos funcionarios del gobierno de Juan Vicente Gómez. Era en este lugar donde se hospedaron los primeros especialistas que dirigieron la construcción de la refinería.
Construido durante la segunda década de los años cuarenta, del siglo pasado, tenía doce habitaciones de lujo, una barra de granito pulido en el bar, que se ubicaba al final dando con el mar, que permitía la visual hacia el norte, con La Borracha y Las Chimanas, el rumor de las olas, y su construcción total en madera, resaltaban las figuras barrocas y arabescos que mostraban el buen gusto de sus propietarios. El plato más solicitado por los comensales habituales de aquel hermoso lugar era una pasta de raviolis en salsa pesto a la genovesa.
Este inmueble, ubicado dentro de la playa del Paseo de la Cruz y el Mar, frente a la esquina con la calle Freites, fue desalojado durante la segunda mitad de los años cincuenta por las autoridades de la época. Algunos testimonian que las razones que justificaron su salida, por parte de las autoridades, se centraron en el argumento de que “afeaba la visual del lugar”.
También se dijo, en alguna oportunidad, que las condiciones sanitarias no eran adecuadas para el disfrute de las personas que se bañaban en la playa, pues se descargaba en las aguas las defecaciones y los orines. El Concejo Municipal del Distrito Sotillo dispuso en el año 1960, la demolición del edificio del hotel debido al estado de ruina inminente que presentaba la construcción.

Y para cumplir con esa disposición, la Cámara Municipal designó al ciudadano Cruz Figuera, quien tuvo que utilizar los servicios de un abogado para que la institución le cancelara la suma acordada, pues pasaron casi dos años desde que le fue otorgado el contrato en referencia.          


miércoles, 5 de agosto de 2015

Puerto La Cruz en Cara y Sello


Con la llegada de las empresas petroleras a Puerto La Cruz  se atraviesan nuevas historias que traen aparejados nuevos paradigmas en el comportamiento de la población. Una refinería enclavada en el corazón de la ciudad, empujando cambios que se suceden  con la llegada de actividades mercantiles relativas  al consumo de alimentos y bebidas, artículos del hogar para la limpieza, detergentes para lavar, cosméticos, papel sanitario y utensilios de uso corriente, como consecuencia de la atracción que significaba una actividad altamente rentable, generadora de una considerable cantidad de empleos relativamente bien remunerados. Es decir: comienza a abrirse paso el consumismo.
Sumado a ello se presenta  el hecho de que algunos de los dueños de las petroleras también lo eran de empresas comercializadoras de bienes de múltiples usos. Tal es el caso del ciudadano norteamericano Nelson Rockefeller, que además de ser propietario y/o accionista copropietario de varias de las factorías, también lo era de las empresas CADA y SEARS ROBUCK. Empresas que durante el decenio de los cincuenta, del siglo pasado, aparecen en la escena puertocruzana.
Y así como entran por vía de la alimentación, o por la necesidad de atender soluciones a diversas situaciones de la vida diaria, como el vestido, comienzan a surgir nuevas palabras, nuevas maneras de decir, nuevos nombres, que a su vez transforman la visión del mundo que concebimos: Ovomaltina, Sopas Maggie, Interiores Jockie, Hojillas Gillete, Colonia Mennen, Jabón de Reuter, Toddy, Crema dental pepsodent y Colgate, Brillantina Palmolive, detergente Fab, Lucky Stryke, Philips Morris, Camel, cafenol, conmel, flit, avena quaker, leche klim, Billcream, Pañales Curyti, Jean Marie Farina, Alka Seltzer, Harina Gold Medal, Mantequilla Brum, Marlboro, Zapatos US Keds, Selecciones del Readers Digest, Chocolates Savoy, Caramelos La Suiza, Fruna, Kool Aid, Patines Winchester, Condones Sultán, Chevrolet, Ford, Good Year, Firestone…
   
Pero antes que la llegada del petróleo, el contrabando siempre fue una actividad que se practicaba desde nuestras etnias originarias hasta el más insignificante mestizo de nuestras costas. Los margariteños siempre se destacaron en estos quehaceres. Y por supuesto que esta actividad creció como crecía el consumo derivado de aquellos nuevos paradigmas. Tanto que nuestro hablar también fue sufriendo mutaciones. Ejemplos sobran de cómo decíamos en el diario hablar: pantalón de caqui y un tiempo después pantalón Ruxton, pantalón de guayacán y ahora  bluyin,  la colcha y ahora la sábana, la cama por el catre, camisón antes y ahora vestido, la cota antes y ahora la blusa, boliche y ahora perinola, chiquichiqui y ahora picazón, remo por canalete, botas por guachicones.
Muy común usar zapatos comprados en la calle Buenos Aires a los Carupaneros o Maqueros. Y un buen día apareció zapatería Spada, y otras más… y otra,  y nuestros zapateros desaparecieron.
Pasaron pocos años y los puertocruzanos comenzamos a ver nuevos negocios, nuevos servicios, que atraían a la población de acuerdo con la circunstancia que se le presentara: quién no alzaba el cuello orgulloso cuando visitaba, acompañado de una muchacha, la Heladería Alaska en la calle Libertad, a comerse una barquilla; o ir a hasta la plaza de Chuparín y deleitarse un Melody´s –donde frecuentaba Sorfany Alfonso—, o caminar hasta El Cubanito y brindar un sanguche submarino. O caminar muy orondo, una noche de domingo, el paseo Colón desde la plaza hasta la intersección con la calle Anzoátegui –que era donde terminaba—y regresarse para después volver, pelearse con los turcos, o los italianos y españoles, por los bancos para sentarse, comerse unas cotufas, o llamar al vendedor de maní tostado; brindar una cotufa elaborada por un italiano… lanzar aquellas críticas a los baisanos porque dejaban montones de desperdicios de semillas de ahuyama y cáscaras de pistacho. Aún son frescas las imágenes de cómo nuestra población se esmeraba en mostrar sus mejoras ropas para ir caminar por el lugar más agradable y emblemático de la ciudad.
Y la vida fue cambiando, claramente, altas velocidades, y las marcas  continuaron expandiendo su cerco: Caramelos La Suiza, PepsiCola, Kolita Dumbo, Grapette, Chicha A-1, Cuaderno Caribe, Fortuna, Viceroy, Lido, Pino Silvestre, Fisher Price, Chocolates Savoy, Lápiz Mongol, Creyones Prismacolor, Guante de Beisbol Wilson, Guante de Beisbol Spalding, Goma de Borrar Eagle, Las Reglas de Madera, Escuadras de Plástico, Libro Silabario, Libro Coquito, Vino Sansón, Vino Sangre de Toro, Zapatos Walkover. Y por fortuna, por legitimidad, aparecían nuestros emblemas locales como: Joyería La Confianza, Pan Sango (creado por nuestros chinos) Quincallería Japonesa: Sakae Watay, Mueblería la Florida (nuestros árabes), Fornos, La Coromoto, La Guaricha, Materiales Díaz, La Marquesina, Pilón Meneses, Pilón de los Romero, Mercado Compensador…etc.
En aquellos tiempos cuando  una familia seleccionaba un padrino y madrina de bautizo, para el último niño nacido en aquel hogar, se acostumbraba enviar invitaciones  para la celebración, con tarjetas en papel cebolla, un texto bien sobrio y una mariquita incrustada en su cuerpo.

Nos queda reflexionar alrededor de estos cambios, su sentido, cuánto hemos perdido o ganado, si es que podemos valorarlos de esa manera. Deberíamos recoger la expresión de José Roberto Duque cuando expreso lo siguiente: Nos separaron del país que estábamos a punto de ser, y empujarnos a la imitación forzosa de un país industrial, urbano y cosmopolita que nunca seremos.  


domingo, 12 de julio de 2015

LA CEIBA DE LA CALLE BOYACÁ

  La calle Boyacá nació desde la Playa Vieja  –llamado desde 2011 Paseo de La Cruz y el Mar  y anteriormente Paseo Colón— hacia  la calle La Lajita que así se llamó la actual calle Bolívar. Junto  con La Marina y San Miguel conforma el trío de Calles más cortas en el casco de la ciudad, siendo la última de las nombradas la que encabeza la menor distancia.
  
Pero la calle Boyacá tiene la particularidad de tener a su costado izquierdo una inmensa y frondosa Ceiba que sombrea buena parte de su extensión y sus ramas se extienden atravesándola a lo ancho tocando sutilmente las paredes del edificio Turimiquire.  Ese grandioso árbol ha sido testigo de los cambios suscitados en un lugar tan emblemático como lo es todo lo que esté frente a la hermosa bahía de Pozuelos.

Cabe recordar que nuestros ancestros indígenas prehispánicos tenían a la Ceiba como un árbol sagrado. Según este concepto la Ceiba, o Yaaxché en lengua de los Maya, los tres planos con que se estructura el universo se comunican a través de la Ceiba sagrada. Y siguiendo con las creencias de los Maya, son las ramas de este árbol las que permiten la apertura hacia los cielos. Razones que tenían esta genial etnia americana para sembrarlos siempre en las plazas de sus ciudades.

Esa Ceiba, de la cual todos los puertocruzanos debemos enorgullecernos, creció allí porque fue sembrada  por una mujer nativa cuando aún  los arenales de la playa se acumulaban al lado sur y a todo su largo. Apenas detenidos por los pocos mangles que quedaban, sin embargo se formaban aquellos aluviones en los meses de la cuaresma hasta que fuesen removidos por los celadores que siempre nombraba el presidente del estado para esa zona en especial.  Y esa mujer que un buen día del mes de abril de 1924 sacó desde su casa, en las cercanías de la que hoy es la Iglesia de la Santa Cruz,  aquel pequeño árbol de Ceiba  sembrada en una lata  y la llevó hasta el mismo lugar donde está hoy erigida con la fortaleza y majestuosidad que muestra  a propios y extraños.

La dama en cuestión, que tomó la iniciativa de sembrarla, tal vez nunca llegó a pensar en el significado estético e histórico que pudiera llegar a tener su gesto. Doña Emilia Hernández de Gil, que así se llama nuestro personaje, trasplantó  aquel solitario arbolito que encontró un buen día en los alrededores del cerro El Vigía y trasplantó para una perola de latón. Hasta que la llevó al mencionado sitio.

Nacida un 28 de mayo de 1912, doña Emilia se muestra orgullosa, a sus recién cumplidos 100 años de edad, de tener un hijo como ese árbol de Ceiba que se muestra como un  monarca bienhechor, sin más riqueza que la admiración de la ciudad y sin más autoridad que el acto ético cumplido por una mujer que debe gozar del respeto y la admiración de todos los habitantes de nuestro querido terruño.

Mientras que a sus noventa y un años (91) cumplidos, la Ceiba de la calle Boyacá –nombre que me permito darle por su condición de héroe sobreviviente de una guerra depredadora declarada—  se erige por encima de falsos urbanizadores, especuladores de bienes raíces y mercachifles del negocio, que acompañan al hombre. Su noble aterramiento sigue allí en un terreno de propiedad municipal, que desde que dejo de ser un lavadero de vehículos ha pasado a estacionamiento que favorece a un negocio aledaño.

Desde nuestra humilde condición de Cronista Oficial del municipio Juan Antonio Sotillo, nos permitimos pedir a toda la ciudadanía consciente de Puerto La Cruz para que el área en la cual se encuentra este monumento natural, aproximadamente unos 1000 mts cuadrados, sea transformada en Plaza Municipal “Emilia Hernández de Gil” como homenaje a un personaje que espontáneamente cumplió con un acto de dimensión histórica como el de haber sembrado un símbolo de nuestro herbolario y haber permanecido durante ochenta y ocho años, pese a las vicisitudes y adversidades muy propias de esta mal llamada modernidad. Nuestra personaje centenario a la edad que tiene, sumaría a su recta conducta y fructífera vida que ha llevado durante tantos años, el gesto de un pueblo que desde hace mucho no rinde tributo a sus mejores ciudadanos.   

Pero la calle Boyacá tiene la particularidad de tener a su costado izquierdo una inmensa y frondosa Ceiba que sombrea buena parte de su extensión y sus ramas se extienden atravesándola a lo ancho tocando sutilmente las paredes del edificio Turimiquire.  Ese grandioso árbol ha sido testigo de los cambios suscitados en un lugar tan emblemático como lo es todo lo que esté frente a la hermosa bahía de Pozuelos.

Cabe recordar que nuestros ancestros indígenas prehispánicos tenían a la Ceiba como un árbol sagrado. Según este concepto la Ceiba, o Yaaxché en lengua de los Maya, los tres planos con que se estructura el universo se comunican a través de la Ceiba sagrada. Y siguiendo con las creencias de los Maya, son las ramas de este árbol las que permiten la apertura hacia los cielos. Razones que tenían esta genial etnia americana para sembrarlos siempre en las plazas de sus ciudades.

Esa Ceiba, de la cual todos los puertocruzanos debemos enorgullecernos, creció allí porque fue sembrada  por una mujer nativa cuando aún  los arenales de la playa se acumulaban al lado sur y a todo su largo. Apenas detenidos por los pocos mangles que quedaban, sin embargo se formaban aquellos aluviones en los meses de la cuaresma hasta que fuesen removidos por los celadores que siempre nombraba el presidente del estado para esa zona en especial.  Y esa mujer que un buen día del mes de abril de 1924 sacó desde su casa, en las cercanías de la que hoy es la Iglesia de la Santa Cruz,  aquel pequeño árbol de Ceiba  sembrada en una lata  y la llevó hasta el mismo lugar donde está hoy erigida con la fortaleza y majestuosidad que muestra  a propios y extraños.

La dama en cuestión, que tomó la iniciativa de sembrarla, tal vez nunca llegó a pensar en el significado estético e histórico que pudiera llegar a tener su gesto. Doña Emilia Hernández de Gil, que así se llama nuestro personaje, trasplantó  aquel solitario arbolito que encontró un buen día en los alrededores del cerro El Vigía y trasplantó para una perola de latón. Hasta que la llevó al mencionado sitio.

Nacida un 28 de mayo de 1912, doña Emilia se muestra orgullosa, a sus recién cumplidos 100 años de edad, de tener un hijo como ese árbol de Ceiba que se muestra como un  monarca bienhechor, sin más riqueza que la admiración de la ciudad y sin más autoridad que el acto ético cumplido por una mujer que debe gozar del respeto y la admiración de todos los habitantes de nuestro querido terruño.

Mientras que a sus noventa y un años (91) cumplidos, la Ceiba de la calle Boyacá –nombre que me permito darle por su condición de héroe sobreviviente de una guerra depredadora declarada—  se erige por encima de falsos urbanizadores, especuladores de bienes raíces y mercachifles del negocio, que acompañan al hombre. Su noble aterramiento sigue allí en un terreno de propiedad municipal, que desde que dejo de ser un lavadero de vehículos ha pasado a estacionamiento que favorece a un negocio aledaño.

Desde nuestra condición de Cronista Oficial del municipio Juan Antonio Sotillo, nos permitimos pedir a toda la ciudadanía consciente de Puerto La Cruz para que el área en la cual se encuentra este monumento natural, aproximadamente unos 1000 mts cuadrados, sea transformada en Plaza Municipal “Emilia Hernández de Gil” como homenaje a un personaje que espontáneamente cumplió con un acto de dimensión histórica como el de haber sembrado un símbolo de nuestro herbolario y haber permanecido durante ochenta y ocho años, pese a las vicisitudes y adversidades muy propias de esta mal llamada modernidad. Nuestra personaje centenario a la edad que tiene, sumaría a su recta conducta y fructífera vida que ha llevado durante tantos años, el gesto de un pueblo que desde hace mucho no rinde tributo a sus mejores ciudadanos. 
   


LA TORTURA Y EL HUMOR

LA TORTURA Y EL HUMOR

Aquella noche de marzo de 1961 se mostraba tan tranquila y desolada, que ninguno de aquellos tres militantes de la juventud comunista recordó la necesidad de fortalecer la seguridad, tan necesaria en estos casos. Salieron a cumplir una tarea muy convencional en aquella época, como era la colocación de volantes en lugares estratégicos que luego se esparcirían por la acción de otro militante, que actuaría al amanecer. Recorrieron varias calles de Puerto La Cruz desde las 7:oo pm hasta aproximadamente la 1:oo de la madrugada. Debían cuidarse del asedio de la policía política, la Digepol, del gobierno adeco. Cuando sentían el ruido de un vehículo tenían que esconder el paquete contentivo de volantes. Una vez que  concluyeron la tarea respiraron profundo y sin tensiones emprendieron su caminata desde la calle El Guamache en retorna al barrio Los Yaques. Pero algo inesperado los esperaba en la esquina de la calle Anzoátegui con la Bolívar. Ellos, que bajaban por la primera se percatan que en aquella esquina hay un vehículo en el mero centro de la intersección, varios individuos lo rodean. Antonio Pérez, Luis Eduardo Notaro y José Itamar Rondón Freites, este último conocido por sus allegados como el Conejo, detienen gradualmente el paso, y al unísono se voltean para pegar la carrera hacia atrás. Sin embargo, se dan cuenta que otro vehículo, y varios hombres en su interior, bajan aceleradamente desde la avenida 5 de julio. En lo adelante no opusieron resistencia y fueron llevados hasta la sede del cuerpo policial en Barcelona.
Nunca les dijeron porque los detenían; la acusación más reiterativa fue “¡ustedes son comunistas!”, “¿dónde está el chico?”, “¿dónde esconden las armas?”… etc.  Fueron llevados con los ojos vendados hasta un cuarto húmedo y pestilente, amarradas sus manos y atados a un travesaño de madera con un poco más de dos metros de altura. Los pies apoyados sobre un rin de vehículo. Allí los mantuvieron por muchas horas, hasta que vinieron dos hombres a interrogarlos. Perdieron la noción del tiempo. Los golpearon sin lograr que alguno de ellos dijeran algo que les sirviera a la Digepol.
Pasaba el tiempo sin que tuvieran noción de cuánto había transcurrido, y Nottaro, exhausto, al igual que sus otros camaradas, pregunta a Antonio: ¿Qué hora será Antonio? A lo que el Conejo, adelantándose, le responde: ¿Qué..?  ¿Vas pa´l cine?